J. no deja escaparse al corazón.

Será que ese es su super poder entre los mortales.

Igual, cada que intento decir adiós a tanta ilusión, regresa envuelta en flores, en deseos o en tristezas. Y mi corazón da una vuelta o dos, y queda en el mismo lugar del que ella es dueña.

Le he dicho ya varias veces lo triste de su huída y la clemencia de un «no» bien pronunciado. Se ha limitado a la indiferencia… a una indiferencia con caricia.

Ciego, el destino me ofrece amores entre oleadas de sentimientos, desafortunados al compararse todos sumados a una sonrisa de J. Me asusta que esto suene tanto a condena.

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