Y la ví a los ojos

pero nunca supe si sus ojos se relfejaban en mí.

Lo que sé es que fuimos al cielo en una forma peculiarmente literal. Que me llamó un angel.

Que antes de darle el segundo corazón que tenía para ella, me llamó la razón. Pero tampoco le hice demasiado caso. En ese momento ya cerca de una hora de embriaguez de su mirada, de su miedo. Y bien, de martinis del cielo. Pero podría jurar que ni un arsenal de ellos fue comparable.

Llegó y al verla hasta mis miedos temblaron. La vi y no supe qué hacer, mas era cuestión sencilla, solamente debía ofrecerle asiento. Y así, hablamos de todo y de nada. Especialmente de nada. De sus límites y mis aparentes virtudes. De sus virtudes no había mucho qué hablar, la verdad es que quería salir con vida esa noche.

Y así se nos fue el momento en que le entregué un corazón y otro. Sin motivos razonables, pero con toda la intención de regalarle un sueño. Jamás aceptó una caricia mía, y acepté mejor que nunca ese rechazo. Será que la entendí toda. Y todo.

Pero sé, que de no habera visto hubiera sido feliz. Y al verla estuve en el cielo, o un poquito más lejos. Que confirmé que no hay delicia más certera. No hay, Para prueba, basta un corazón (o dos).

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